Ya estamos a mediados de septiembre y se cumplen seis meses desde la declaración por parte de la OMS del (o de la) COVID-19 como pandemia mundial. En este corto espacio de tiempo (aunque algunos meses se han hecho eternos) hemos sufrido teóricamente el pico de la pandemia, un estado de alarma con un durísimo confinamiento, la mal llamada "desescalada" y la peor denominada "nueva normalidad".
¿Qué ha pasado en este tiempo? Pues muchas cosas. Llevamos meses sin abrazar ni besar a nuestros seres queridos y va a tener que seguir siendo así mucho tiempo. La ansiada vacuna no va a estar disponible para las fechas anunciadas por los políticos y cuando lo esté no va a llegar a la mayoría de la población por lo que para que se produzca una inmunidad de rebaño quedan, con seguridad, varios años. La OMS ya ha advertido que "quizá nunca tengamos una bala de plata" que termine con el virus.
En varias autonomías se están dando ya brotes muy importantes y la palabra confinamiento vuelve a estar en las noticias. Los gobiernos han tenido unos meses de relativa tranquilidad en los que deberían haber preparado la vuelta al cole, reforzado la asistencia primaria, hecho acopio de material y fármacos, reclutado miles de rastreadores, etc., pero poco o nada de esto se ha llegado a realizar. La segunda ola ya está aquí y les ha vuelto a pillar a contrapie.
Seguimos sin saber casi nada del virus, ni las vías reales de transmisión ni el motivo por el que mientras a unos los mata otros lo pasan inadvertidamente. Parece que hay un componente genético en todo esto pero se necesita mucho tiempo de estudio para contrastarlo y darlo por bueno por parte de la ciencia. Por otro lado no hay noticias de un tratamiento eficaz para ayudar en los casos más graves. Las estancias en UCI, de varios meses en algunos casos, dejan unas secuelas terribles pero incluso en los casos leves se observan algunas (migrañas, anosmia, fatiga).
En el caso concreto de Madrid, hoy se ha empezado a hablar de un nuevo confinamiento por zonas para intentar reducir el incremento de contagios. Nuestra querida presidenta culpa directamente a los inmigrantes por su "modo de vida" en una de sus habituales ocurrencias. Sea como fuere, la cosa está fea.